Lo que nos Traen los Estados Financieros – Quinta Entrega: El Balance General y el Valor de la Empresa

Por: Víctor Hugo Flórez, docente de BURSEN-Centro de Estudios Financieros de la BVL y ESAN.

BURSEN LINKEDIN 15

Aún en nuestros tiempos suele ser frecuente encontrarnos con personas que están absolutamente convencidas de que el “balance general”, hoy llamado oficialmente por las NIIF “estado de situación financiera” (nombre más que elocuente), es el fiel reflejo del valor de una empresa. Esto puede ser cierto, sin duda, dependiendo de lo que entendamos por “valor” de una empresa.

Si por “valor” nos referimos al monto por el cual dicha entidad podría ser vendida, nos encontramos frente a un mito, ya que el único valor que muestra dicho informe es el valor contable de la misma. Lo que en el lenguaje bursátil se conoce como “valor en libros” (en libros contables). Esto es aquel monto que resulta de aplicar todos los principios y criterios por los que se rige la contabilidad, y que están consolidados precisamente en las ya mencionadas Normas Internacionales de Información Financiera (NIIF), tales como: valuación al costo, valor realizable, devengado y muchos otros más.

Revisando las cifras de dicho estado financiero podemos encontrar 3 grandes valores:

  • El valor de sus activos , de aquellos bienes y derechos de propiedad de la empresa.
  • El valor de sus pasivos, deudas contraídas por la empresa.
  • El valor de su patrimonio neto, monto que representa la inversión que realizaron los accionistas de dicha empresa y que muchos llaman erróneamente “patrimonio” sin el calificativo “neto”. Esto resulta elemental debido a que el verdadero patrimonio de la empresa lo constituyen sus activos. Si a ese patrimonio total o “bruto” (los activos), le restamos las deudas que tiene la empresa, y que contrajo para financiar parte de dichos activos, llegamos al valor del patrimonio, pero “neto de las deudas”, que es precisamente el valor contable que se le reconoce a la organización.

Si consideramos que, de acuerdo con las NIIF, la gran mayoría de los activos pueden registrarse, casi siempre a elección de la empresa, bien sea al costo o al valor de mercado (o más precisamente a su valor razonable) podríamos pensar, que si la organización opta por el segundo de estos dos caminos, es posible llegar al valor de mercado de la empresa. En este caso todos sus activos reflejarían un valor bastante más cercano al del mercado. No obstante, una empresa es mucho más que sus activos. Lo que podríamos estar midiendo tal vez sea su valor de liquidación, pero ni remotamente su valor de mercado. Y es que una empresa no vale lo que sus activos valen en el mercado. Cuando se adquiere una empresa, a diferencia de cuando la constituimos desde cero, estamos obteniendo una entidad que ya tiene una clientela ganada y recurrente, cuenta con cuadros gerenciales de mando medio y operativos que ya vienen trabajando de manera eficiente, tiene un conjunto de proveedores de bienes y servicios ya seleccionados y afianzados que la abastecen también con eficiencia. En resumen, cuando adquirimos una empresa, no estamos comprando simplemente sus instalaciones, su maquinaria, sus equipos, su mobiliario o sus inventarios. Dichos bienes los podemos adquirir tranquilamente en muchos lugares y de muchas fuentes, así como más nuevos, tal vez más baratos y sin duda alguna con tecnología mucho más reciente. Sin embargo, el solo hecho de tenerlos no nos garantiza, de ninguna manera, tener ingresos operacionales que permitan remunerar nuestra inversión con los niveles de rentabilidad mínima que, como inversionistas, debemos exigir o esperar.

En este sentido, siempre resulta traer a la memoria un caso muy sonado que tuvo lugar en nuestro mercado hace ya muchos años (un cuarto de siglo para ser exactos). Me refiero a la venta conjunta de dos importantes empresas estatales cuando se iniciaba el proceso de privatización a comienzos de los años noventa: la Compañía Peruana de Teléfonos (CPT), y la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel Perú), que fueron ofertadas en paquete. En el balance general consolidado de ambas corporaciones, los activos totales sumaban alrededor de 800 millones de dólares. Quien se adjudicó la buena pro en dicha subasta fue Telefónica de España, que ofreció y pagó por dicha operación la importante suma, de poco más, de 2,000 millones de dólares. Como podrán inferir, tal diferencia de valores generó muchísimas suspicacias, ya que en aquella época aún imperaba esta errónea creencia de que el valor de una empresa está dado por el valor de sus activos, neto de las deudas, desde luego. Nada más falso, por cierto. Y casos como este los encontramos cada vez que se realiza una adquisición, una fusión o cualquier otra operación que tenga que ver con la transferencia o modificación de la propiedad de una firma. En 2007, las Tiendas Wong y la cadena Metro fueron compradas en conjunto por el Grupo Cencosud en aproximadamente 500 millones de dólares. Y algo similar sucedió en abril de 2013 cuando Sura y Scotiabank adquirieron la AFP Horizonte (515 millones de dólares). ¿Tenían los activos de estas empresas ese valor, luego de descontarles sus deudas? La respuesta sigue siendo un contundente “no”.

¿Qué es entonces lo que adquirimos cuando compramos una empresa? En otras palabras, ¿qué compramos al invertir en las acciones de una determinada empresa? Pues, la capacidad que tiene dicha entidad para generar flujos de caja que nos permitan recibir dividendos. Simple pero a la vez contundente. De ahí que no exista otra manera seria de valorizar una empresa que proyectando sus flujos de caja para luego traer dichos flujos a su valor presente con determinada tasa de costo de oportunidad o costo de capital.

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