Lo que nos Traen los Estados Financieros – Tercera Entrega:

BURSEN LINKEDIN2

Por: Victor Hugo Flórez

La información acerca del nivel de utilidades generado por una empresa en un período determinado es, sin duda alguna, uno de los datos más importantes que nos traen los estados financieros (aún cuando, como comentábamos en anteriores artículos, dicho dato más que “financiero” es netamente económico). La primera razón que sustenta esta afirmación la encontramos en que dichos resultados económicos son la fuente primigenia de los dividendos que serán distribuidos luego entre los accionistas. Si no hay utilidades o si estas son muy bajas, lo primero que se ve comprometido son las expectativas de los inversionistas respecto a la rentabilidad que ellos esperaban y deberían recibir.

La segunda razón, más de largo plazo, es que dichas utilidades suelen ser uno de los mejores indicadores para evaluar la capacidad de crecimiento de la empresa, sobre todo en que parte de dichas utilidades son reinvertidas.

La pregunta clave en este tema es si dichas ganancias, las que son reportadas a través del estado de resultados, son o no representativas de lo que ha logrado la empresa. En tal sentido, podríamos haber empezado este artículo planteando una pregunta aparentemente de Perogrullo: ¿Realmente ganan las empresas cuando reportan utilidades? Ocurre que tanto la metodología como los criterios con los que la Contabilidad (más específicamente las Normas Internacionales de Información Financiera – NIIF), calculan dicha utilidad, vienen siendo cuestionados desde hace algunas décadas.

Como se explicó en anteriores artículos, existen dos grandes caminos, complementarios más que alternativos, para evaluar la salud de una empresa: el criterio del efectivo y el criterio del devengado.

Un flujo de caja, ya sea del propio Estado de Flujo de Efectivo (histórico), o de alguna de las diferentes variantes del Flujo de Caja Proyectado (tanto el de corto plazo, que dimensiona las necesidades de financiamiento o los excedentes temporales de efectivo de la empresa, como el de largo plazo, que se orienta más a la evaluación de proyectos de inversión), transitan por la primera de estas dos vías. El estado de resultados, que es la fuente de la cual tomamos el dato de las utilidades, aplica al segundo criterio: el del devengado, que nos dice que los ingresos deben ser reconocidos cuando se entrega la mercadería y no cuando la venta se cobra, y que los gastos se registran cuando el bien o el servicio al cual se refieren ya han sido utilizados, al margen de si este fue pagado o no. (1).

Sin embargo, uno de los varios cuestionamientos que se le hace a la manera de calcular la utilidad de la empresa no refiere a que no se muestre los movimientos de efectivo, ya que existe cierto consenso acerca de la necesidad de ir midiendo, cada cierto tiempo, los resultados de la gestión de la empresa. Asimismo, para ello se requiere tener una base de realización y no de flujo de efectivo con el objetivo del reconocimiento de las operaciones reportadas en un periodo determinado.

Lo anterior está bastante aceptado, y no solo porque lo digan las NIIF, sino porque también concuerdan con ello la gran mayoría de los analistas de inversiones. La mayor objeción que se le hace a la metodología, utilizada hasta hoy, es que en el cálculo de las utilidades, omite uno de los gastos más importantes de la empresa: el costo de su principal fuente de financiamiento, es decir, el costo del dinero de sus accionistas (conocido usualmente por sus siglas: COK, o costo de oportunidad del capital del inversionista).

Este es el caso concreto, por ejemplo, de quienes postulan que es mucho más razonable aplicar para ello a la metodología del EVA (Economic Value Added), que podríamos resumir en los siguientes términos: “Nosotros estamos de acuerdo en que se tomen los ingresos y gastos que las NIIF consideran en la elaboración del Estado de resultados con miras a calcular la utilidad del ejercicio, pero creemos que no es razonable que se excluya al más importante de los costos de financiamiento, es decir, el del dinero de los accionistas, ya que, al hacerlo estaremos llegando a conclusiones erróneas sobre la verdadera ganancia obtenida. Asimismo, para no entrar en una discusión estéril en torno a si el término “utilidad” es o no el más representativo, la metodología EVA plantea preguntarse si la empresa está generando VALOR o si lo está destruyendo”.

No es el objetivo de este artículo entrar a desarrollar fórmulas ni modelos matemáticos para mostrar cuál es la manera específica y secuencial de calcular dicho valor generado o destruido por la empresa, pero sí lo es plantear la esencia del mensaje.

Es decir, si después de incluir el costo del dinero del accionista como uno de los gastos del período, seguimos obteniendo un resultado positivo, recién podríamos decir que la empresa generó valor, ya que, la empresa habrá demostrado que fue capaz de generar ingresos suficientes para cubrir todos sus costos y sus gastos operativos además del costo del capital total que utilizó. Asimismo, recién sobre esta nueva base deberíamos analizar la rentabilidad obtenida por la empresa y por el inversionista, así como tomar las decisiones más adecuadas en torno a la distribución de dividendos. Lo dramático de todo esto, y de ahí la importancia superlativa del tema en discusión, es que muchas veces decidimos repartir dividendos simplemente porque vemos que los estados financieros nos reportan utilidad pero sin llegar a preguntarnos si esta ganancia oculta o no destrucción de valor. De allí se infiere, que si repartimos dividendos habiéndose destruido valor, solo habremos logrado “canibalizar” la empresa.

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(1)     Para quienes estén interesados en el tema, algo de ello adelantábamos en nuestro artículo “Diagnóstico de empresas: ¿caja o utilidades?“, publicado en este mismo medio el 6 de junio de 2016.

 

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